Cuentan las crónicas brasileñas que, tras el pitazo final de aquel fatídico suceso, la desolación en el país fue tal que se llegaron a registrar alrededor de 20 suicidios en la población. Brasil pasó de la posible gloria al estupor en un chasquido. La Canarinha fue el equipo más goleador del torneo al lograr 22 goles; Uruguay le siguió con 15, pero con dos partidos menos. En aquella ocasión, por única vez en la historia de un Mundial no hubo eliminación directa en la Fase Final, los cuatro equipos clasificados en primer lugar en los Grupos pasaron a un cuadrangular donde el campeón sería quien lograra más puntos.
Aquel Mundial también tuvo la particularidad de que India había clasificado a la competencia, pero declinó luego de que la FIFA obligó a los jugadores a utilizar zapatos, y éstos no estaban acostumbrados. Además, el órgano rector del balompié internacional prohibió participar a Alemania como repudio a ésta por la Segunda Guerra Mundial; Argentina no participó por diferencias con Brasil.
Además, por primera vez los jugadores llevaron números en sus camisetas de acuerdo a su posición en la cancha; en este campeonato no hubo expulsados. Este evento hizo mella en unos más que en otros, como fue el caso del portero Moacir Barbosa, quien ganó siete campeonatos nacionales en Brasil, además de un Sudamericano y el Campeonato Sudamericano de Campeones, la gran mayoría con el Vasco de Gama, el club de sus amores; sin embargo, su intervención en el llamado Maracanazo marcó su carrera y su vida, luego de que gran parte de la sociedad brasileña le culpó de aquella debacle.
“Cuando conocí al Moacir Barbosa no sabía quién era él, primero nos hicimos amigos, él estaba pasando por muchos problemas, había perdido a su esposa, no tenía donde vivir y nosotros le ayudamos. Yo siento mucho orgullo por lo que él ganó, todo lo que disputó lo ganó, fue el primer Campeón Sudamericano en 1948, pero las personas sólo se acuerdan de la única vez que él perdió y se olvidan de sus grandes glorias”, cuenta Tereza Barboa, quien fue hija adoptiva de Barbosa.
Setenta años después de aquel episodio, aún hay llagas que se resisten a cerrar por completo, la sociedad brasileña guarda nítidos recuerdos de aquella desgracia y al oriente de Sudamérica prefieren no hacer alarde del que hoy en día se recuerda como uno de los capítulos más majestuosos a nivel deportivo.
DATO
203 MIL 849 aficionados asistieron a la final entre Brasil y Uruguay, una cifra récord
Eder Arreortúa

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