La óptica del infante se rige bajo un esquema útil y funcional: ponerse contento con el mínimo motivo, estar siempre ocupado con algo y saber exigir con todas sus fuerzas aquello que desea, incluso a sí mismos, porque para ellos no existe esa incomoda palabra: IMPOSIBLE. En un chasquido pueden ser bomberos, arquitectos, artistas, astronautas o futbolistas, porque creen ciegamente en su talento y el miedo a equivocarse es nulo; sin pasado, ni futuro, solo el presente.
Sin embargo, un día, sin darnos cuenta, le abrimos la puerta a la vida adulta, la cual llega con un predominio de individualismo a rajatabla, empujado por un mundo globalizado, donde la fuerza de trabajo se mide en fríos números y resultados, donde el estrés es el común denominador de nuestros días y el hedonismo, junto a la frivolidad, atienden a nuestras más básicas necesidades; todo esto, coludido con la insensibilidad, el apego a lo efímero y la monotonía, que nos convierten en piezas de un rompecabezas que conforman un tejido social con poco rumbo.
La reflexión a todo esto es: ¿qué nos queda de niños? ¿merece el mérito el haber crecido y ser lo que ahora somos? ¿valió la pena entregarnos a esta “independencia” y dejar atrás el genuino ingenio, la suspicacia y la practicidad?
Ya sea que, si la vejez será nuestra segunda infancia o si la vida misma es la infancia de nuestra inmortalidad, hay que ponerle una pizca de niñez a nuestro día a día. Y, sobre todo, si está en tus manos guiar a un niño, no dejes que tu vida adulta altere su mundo.
