Casi medio año de viaje, 23 kilogramos en la espalda, más de cinco empleos temporales, nueve países y kilómetros y kilómetros de carreta se resumen en un puñado de aventuras, todo por obedecer a un instinto de aventura. Tomar una mochila y retar al destino no es la decisión más complicada del mundo, lo complicado llega justo cuando esa decisión se ejecuta y se enfrenta a la realidad.
Podría contar las aventuras cronológicamente, pero la memoria no es una de mis virtudes, así que comenzaremos porque lo que a mi mente llega.
Había pasado cerca de ocho días en un barco navegando de isla en isla en la inmensa Comarca de San Blas, también conocida como “Comarca Guna Yala”, la cual se ubica en la costa este del Caribe de Panamá. Una de esas tantas tardes que me disponía a capturar imágenes del paradisíaco lugar, un hombre se acercó a mí y con cautela me dijo: “¡cuidado joven! antes de que usted logre tomar la foto cinco hombres le estarán estirando el brazo para que pague por la imagen capturada”. No hizo falta más advertencia para abortar la misión.
Sin embargo, esa curiosidad que mató al gato despertó en mí y me pregunté: ¿hasta dónde llegarán las restricciones de esta cultura para con los que no son parte de ella?, y claro, no me quedé con la duda, aunque ya obtenida la respuesta hubiera preferido quedarme con la duda.
Un día un hombre ajeno a la etnia citada se casó con una mujer gunayala, obvio, después de numerosos desplantes por parte de los indígenas nativos, para lo cual se fue a vivir a una de las 365 islas que conforman dicha comarca. La historia parecía ir de lo más normal, siguiendo esas normas que en toda sociedad se siguen, pero en algunas se disfraza, donde la mujer debe trabajar el doble que el hombre.
Dicho hombre, en su afán por mantener a su esposa de lo más cómoda posible y lejos del sufrimiento, decidió que todos los trabajos pesados los haría él y no su cónyuge, como se acostumbraba en la zona; sin embargo, tres días le duró el gusto a la fémina, pues un grupo de hombres, entre ellos el padre y el hermano de la mujer, interceptaron al joven y le advirtieron que dejara a la mujer que cargara todos los objetos pesados. La repuesta a cierta actitud es sencilla: si todas las mujeres de dicha isla se enteraban del suceso, todas querrían que sus maridos jugaran el mismo rol y la comodidad para ellos se terminaría.
La historia también me la contó el tipo que me previno de no tomar fotos. (15-05-2013)

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