Dentro y fuera de la cancha la palabra honorabilidad tenía mucho sentido. Aquel día, fatídico para Brasil, histórico para Uruguay, aún hace mella en lo más profundo de las dos naciones. Social, cultural, económica y, sobre todo, futbolísticamente, el recuerdo de la Final jugada en 1950 en el mítico Maracaná trasciende a segundas y terceras generaciones.
El 16 de julio se cumplieron 70 años del Maracanazo, un capítulo que ha quedado marcado en el futbol y en el deporte mundial como uno de los actos más manifiestos de sentimiento puro, de estupor y de firmeza. El Campeonato de 1950 tenía como favorito a la verdeamarelha, que le propinó una goleada 4-0 a México en su debut; tuvo un empate 2-2 ante Suiza y cerraron la primera Fase del Grupo 1 con un 2-0 sobre Yugoslavia.
Luego, en Fases Finales, los anfitriones se sirvieron con la cuchara grande: a Suecia la derrotaron 7-1 y a España 6-1. Pasaron a la gran Final con un monto de 13 dianas en solo dos partidos. El Goliat de esta historia estaba en plan intratable.
Del otro lado, el modesto representativo de Uruguay, ubicado en el Grupo 4 junto a Bolivia, cumplió con su trámite vapuleando 8-0 a La Verde; las otras dos selecciones desertaron. En Fase definitiva, España estuvo a nada de eliminarlos, pero el capitán Obdulio Varela hizo el empate 2-2, luego, frente a Suecia, de último minuto lograron el 3-2 que los llevó a la Final.
EL CAMPEÓN
Todo estaba puesto para que Brasil fuera el campeón; un empate le bastaba a La Auriverde para coronarse en un evento que desde 24 horas antes ya había ensayado la entrega de la Copa del Mundo con los de casa como protagonistas.
Entender un poco el futbol es tener claro que ganar o perder no es sólo un trámite; que fuera y dentro del campo las diferencias se diluyen y en el Maracaná, junto a esas diferencias, los sueños del anfitrión se esfumaron en un chasquido.
Brasil dominó la primera mitad; abrió el marcador cuando Friaça anotó para despertar el júbilo de los de casa, pero al minuto 66, Juan Alberto Schiaffino igualó, y al 79´, un ataque entre Alcide Ghiggia y Julio Pérez, por la banda derecha, supuso la remontada.
Hoy, a 70 años de aquella hazaña brindada ante más de 200 mil espectadores, récord en asistencia a un partido de un Mundial, casi todos brasileños, Rodrigo Pérez, nieto de Julio, habla de las impresiones de un evento que trascendió no sólo en él, en toda una sociedad; sin embargo, en el día a día, en la cotidianidad, su abuelo y aquella generación se encargaron de empotrar muy bien los pies a ras del suelo, sin presunción alguna. La arrogancia que en cualquier sociedad pudo representar esta gloria, resultó insulsa para ellos.
“Aquí en Uruguay, el Maracanazo simbolizó un evento cultural muy importante para nuestra identidad. En la familia, el abuelo, como todos los integrantes de aquella selección, nos enseñaron a llevarlo con mucha naturalidad, con sencillez y humildad. No les gustaba ostentar ni sacar chapa de eso; no se sentían cómodos sentándose en un pedestal. Los líderes de ese grupo: Obdulio Varela, Aníbal Paz, Roque Gastón Máspoli, quienes eran los más experimentados, eran personas sencillas y siempre inculcaron esa sencillez, el trabajo, el juego colectivo y la lealtad. Esa fue la clave para lograr la gesta, porque si bien en el juego intervienen muchos factores para que se dé el triunfo o el fracaso, cuando hay valores en común, ayuda mucho”, cuenta Rodrigo en entrevista con un servidor.
Aquel Maracanazo dejó el sentimiento de tristeza en lo más profundo del caído, tan profundo que lo heredó, pero a la vez fue tan extenso que el triunfador lo compartió. El nieto de Julio, hoy entregado al futbol amateur, habla de esa herencia de la nobleza del saber ganar, la cual representa un oasis en un mundo como el futbol moderno.
“A lo lejos, gran parte de los uruguayos sentimos empatía por aquel Brasil, aquí sentimos mucho más que una falsa modestia, a nosotros nos duele el hecho de que mucha gente se suicidara, que se condenara a jugadores, como al mismo Barbosa, que decía que ‘en Brasil no existe la pena de muerte; alguien que mata tiene 30 años de cárcel, y a mí que no pude evitar un gol, estoy pagando una cadena perpetua’. A mi abuelo siempre le dolió que un colega pasara por un castigo así”, cuenta.
Y cuando se es Campeón ante tales circunstancias, no todo puede ser miel sobre hojuelas; las generaciones sucesivas de futbolistas uruguayos tuvieron que pagar una cara factura después de aquel cetro.
“A las selecciones venideras post-Maracaná, les tocó cargar con el peso y la fama de la Garra Charrúa, los jugadores comenzaron a alimentar la característica de asistir al coraje, a la rebeldía, e incluso a la trampa, a la picardía, por estar en medio de dos potencias futbolísticas como los son Brasil y Argentina. El Maracaná nos había dejado el mensaje de que éramos los mejores, los más grandes, entonces, a las siguientes generaciones se les exigía que se lograra algo similar y conforme crecieron los medios de comunicación la exigencia también crecía; si Uruguay no llegaba a una Semifinal era un fracaso, pero en la última década, con Tabárez, hubo ya una reconciliación”, concluye.
FRASES
“A mi abuelo le decían El Loco. Cuando salieron a la cancha del Maracaná ante 200 mil espectadores, todos brasileños, quienes ya tenían decretado que el ganador sería Brasil, le dio una vuelta como desafiando a la hinchada, porque él tenía esa rebeldía”
“Aquella selección también contaba con atributos técnicos que ayudaron para que se lograra ese campeonato; de hecho, los dos goles que anotó Uruguay llegan en jugadas de paredes, por la poca información que circulaba, los brasileños nunca imaginaron que les iban a hacer daño por ahí”
“Ellos hablaban tan poco del tema que, a mí como nieto, siempre me dejó de enseñanza de que un evento como el que ellos vivieron no podía romper la cotidianidad que tenía con su familia o con sus cercanos”
Rodrigo Pérez
Nieto del futbolista Julio Pérez